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Posts Tagged ‘monólogos de rober bodegas’

galardóns Os Mestre Mateo reclamaron traballo, lingua e memoria

Os Mestre Mateo reclamaron traballo, lingua e memoria

Ángel de la Cruz foi o gran protagonista con «Os mortos van á présa»

A gala dos premios do audiovisual fixo fincapé na necesidade de que nin a política nin a economía paren o sector

As galas do audiovisual non son de cine: mesturan teatro e vodevil. O vodevil póñeno os presentadores, músicos e demais, e o teatro, os invitados. Os Mestre Mateo quixeron ser optimistas a falta de outra cousa mellor e tiveron a virtude de mover os corpos.

Na enerxía de Serxio Zearreta e na potencia verbenera de Lamatumbá estivo unha das chaves de que a gala aguantase ese sinfín de premios cos seus correspondentes agradecementos que, a pesar de ser en acto público, publicado e televisado, acaban case sempre por remitir á esfera privada dos intervintes. Houbo moderación na noite pontevedresa e nin sequera a presenza do novo conselleiro invitou ás queixas que a presidenta da Academia acabou por sintetizar nun discurso que foi, ademais, de despedida do seu labor á fronte da AGA.

As catro liñas da gala foron, por orde de aparición, o protagonismo de Televisión de Galicia e as series que van cumprindo anos. A defensa do galego ou a reivindicación laboral, e unha última pequena pero emotiva que obriga a non perder a memoria. Na primeira delas, Manquiña & Morris demostraron que ben poderían ser a mellor parella cómica que pasou pola Galega ou que hai moitos-moitos cregos nas producións audiovisuais do país.

Na ligazón entre esta liña e a segunda está Miguel de Lira, quen recordou, xunto a quen foron compañeiros de reparto en Mareas vivas, que a serie foi rompedora e que acabou con moitos prexuízos sobre o idioma, entre outras cousas, asegurou o actor, porque foi «a primeira serie bilingüe: utilizaba o galego e o ghalegho». O idioma e a idea de que todas as linguas suman apareceu na intervención de Belén Regueira e tamén na dun dos responsables de Hai que mollarse, que aproveitou as palabras da presentadora advertindo que hai nenos que xa non saben falar en galego. Sinalou que ao seu fillo, no barrio coruñés da Agra do Orzán, lle chaman «o neno que fala galego».

As reivindicacións laborais son como un santo e sinal das galas, pero a crise e o cambio de goberno acentúan esa sensación de proxectos paralizados á espera de decisións administrativas. Quizais por iso nos Mestre Mateo se fala tanto de equipo, traballo e familia. No final apareceu Concha Nogueira a recoller o premio para Flores tristes. Contou que, cando ela tiña tres anos e a súa irmá dous, os falanxistas mataron aos seus pais e aínda dicían: «Temos que matar a semente». Concluíu: «Esa semente eramos nós». O auditorio, impresionado polo peso e claridade da memoria ou pola falta de xustiza, quedou algo frío ante a contundencia con que se expresa a realidade aínda que sexa na tele.

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Los Goya


goya

El pasado domingo se celebró la ceremonia de entrega de los premios de cine más prestigiosos de nuestro país: Los Goya. Sé Sé que no es justo compararlos con los Óscar, el presupuesto de todas las películas que se producen en nuestro país al año no da ni para cambiarle las ruedas al Bat-móvil. Pero es inevitable, y no hay que fijarse mucho para darse cuenta de que no haría falta una fortuna para poner nuestra gala a la altura del evento más glamuroso del mundo. La diferencia la marcan los pequeños detalles.

oscarDe entrada, “los Óscar” es un nombre muchísimo mejor que “los Goya”. Porque Goya, era un pintor, y respeto su obra, la admiro, pero ¿por qué te regalan un busto de un pintor por hacer una buena peli? No tiene sentido. Es como si a los futbolistas por ganar la liga les regalaran una edición del Quijote en tapas duras tapizadas. Y sí, dentro de lo malo, ya sé que sería peor que en vez de regalarte una estatuilla de Goya te regalasen una de un escayolista y que los premios fueran “Los Pepe Goteras” o “los Manolo y Benito”, que, pensándolo bien, llamarlos así sería una metáfora mucho menos pretenciosa sobre como está hecho nuestro cine. Pero ya no es tan grave que la estatuilla sea un pintor o un soldador de estaño, después de todo Óscar es un tío en pelotas tapándose sus vergüenzas con una espada, que digo yo que podía llevar un cuchillito, que no creo que fuera para tanto su masculinidad… Pero ese es otro tema. El acierto está en que el espadachín nudista en cuestión se llama Óscar y no Sir Lancelot o El Zorro. Óscar es un nombre común y eso hace que cuando alguien hable de Óscar sepas inmediatamente a qué se están refiriendo. Aquí por pasarnos de pomposos cada vez que dices: “Goya”, te preguntan: “¿El pintor o los premios?” Además, puestos a darle al premio el nombre de un artista ilustre, mejor ponerle el de uno que al menos fuera del gremio. Llamarlos “Los Buñuel” si buscan un toque cultureta o “Los Paco Martínez Soria” si quieren darle un puntito más campechano,  pero no bautizarlos con el nombre de un señor que murió antes de que se inventara el cinematógrafo.

"Pe", The Goya-Oscar connection

Otra cosa que resta glamour a nuestra fiesta es la alfombra. Es verde. ¡Verde! ¿Desde cuando el verde se asocia a la fiesta, al lujo o a la elegancia? ¿Alguna vez le habéis dicho a una tía: “¡Que atractiva estás, con los labios pintados de verde!”? No. La seducción se viste de rojo. Pisar a una alfombra verde lo único que provoca es que te entren ganas de jugar al fútbol, al golf o de disfrazarte de Heidi y ponerte a esquilar ovejas. Pero el desastre no acababa ahí, porque la alfombra tenía sponsor y no era precisamente de Movierecord o de palomitas de microondas. No, ¡era de güisqui!  Que yo creo que quedaba más elegante que cada uno de los invitados desfilara con una botella en la mano que ver la publicidad estampada por todas partes. Pensadlo, imaginaos en vuestra boda, caminando hacia el altar, sobre una alfombra (espero que roja) llena de publicidad de preservativos, las risitas tontas serían inevitables. Si querían sacar dinero con la publicidad, en vez de hacer de la alfombra el mono de un piloto de Fórmula 1, que le hubieran cambiado el nombre al lugar de la ceremonia, el Palacio Municipal de Congresos del Campo de las Naciones, que ya no es que sea un nombre feo, es que ni siquiera cabe en las invitaciones, por “Teatro Kodak” como el de los americanos, o “Teatro Fujifilm” al menos. Así, además de hacer publicidad, hace que sea imposible que te olvides de llevar la cámara de fotos.

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rober-bodegas

Estos días hace un frío de narices y por eso yo he optado por subir a mi casa por la escalera. No tanto porque subiendo peldaños te entre la calorcita, sino por no aguantar las observaciones meteorológicas que se hacen en el ascensor. En otoño, primavera, o incluso en otros inviernos con temperaturas por encima del cero, todavía tenían cierto aquel: «Parece que hoy no hace mucho frío». «Ah, pues yo tengo un poco?». Ahora no hay lugar a dudas, todos tenemos un frío de tres pares de pelotas. No hay nada que hablar, ni discutir. Por esta razón creo que los iglús son de planta baja. Porque si tuviesen varias alturas compartir el ascensor con alguien resultaría demasiado violento: «Hace frío hoy, ¿eh?». «Pues claro que hace frío, ¡estamos en el Polo Norte, imbécil!».

Y esto que puede parecer un detalle insignificante, revela lo aburrida que tiene que ser la vida de los esquimales, porque para empezar, ¿de qué hablan los esquimales? Piensen en los temas de los que han hablado estos días y se darán cuenta de que con un esquimal no hubieran podido hacerlo: «Están las carreteras cortadas por la nieve». «Nosotros no tenemos carreteras, aunque nieve para aburrir». «¡Jo! Pues si vieras la que se lió aquí en Barajas». «Pues allí los trineos aparcan sin problemas…». «¿Y qué? ¿Ya has ido a las rebajas?». «Sí, me he comprado un bañador para la ir a la playa, ¡no te jode!». Y eso no es lo peor, porque la rutina de un esquimal tiene que ser para entrar en una depresión mortal. Los esquimales no se levantan y dicen: «¿Qué me pongo?». «¿Qué te vas a poner, idiota? Tu ropa de esquimal, ¿o quieres morirte de frío?». Tampoco hablan de sus planes para las vacaciones: «¿Qué vas a hacer en verano?». «Pues lo mismo que tú, cazar focas. O ¿qué tienes pensado comer en invierno, sopas de sobre?». Es todo soporíferamente igual. No se hacen casas de diseño para fardar (que a todo esto no sé por qué los iglús son redondos si los bloques de hielo son cuadrados) ni se compran coches deportivos, ahí va todo el mundo con el mismo puñetero trineo, tirado por el mismo puñetero perro.

Por eso digo que la vida de un esquimal tiene que ser aburrida con ganas. Y no solo de mayores, sino desde la más tierna infancia. Me imagino a un papá esquimal contándole a su hijo el cuento de los tres cerditos: «El primer cerdito, que era muy holgazán, se hizo una casa de paja». «¿Y qué pasó papá? ¿Se lo comió el lobo?». «No, murió de frío por gilipollas». Y así todos los cuentos. Caperucita sepultada por la nieve de camino a la casa de la abuela, la Sirenita muerta de un arponazo y los enanitos de Blancanieves en el paro y pensando en suicidarse porque la actividad minera en el Polo Norte es más bien escasa. Y como decía, de adultos la cosa no mejora: aparte de no tener de qué hablar cuando están en casa, ¿qué hacen? Ya no es que no tengan ni dónde enchufar una tele, ¡es que no tienen ni electricidad! Lo peor que le puede pasar a una comunidad esquimal es que el que haga un viaje al continente se olvide de comprar pilas. Dicen que aquí antes la gente tenía más hijos porque se aburrían más. Pues aunque no creo que nadie en el mundo se aburra más que los pobres esquimales, no sé cómo se las apañarán para tener relaciones sexuales, o matan a un oso polar y se lo montan dentro o no tengo ni idea de quién puede resistir ese frío a pelo. Yo, al menos, no creo que fuera capaz de dar la talla ni con un condón de lana.

Así que ya sabéis, cada vez que entréis en un ascensor, acordaos de los esquimales y no toquéis los huevos hablando del tiempo.

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